Martín Rivas
Martín Rivas En la dulce expectativa de su dicha le sorprendieron las campanas de algunos relojes de iglesias que daban las doce. Era la hora convenida, y Agustín, a pesar de la satisfacción de su orgullo, sintió miedo al empujar suavemente la puerta, que se abrió con el mismo ruido con que se había cerrado. Al oír este ruido, el elegante tuvo tentaciones de arrancar y retrocedió algunos pasos; pero, viendo que nada se movía en el interior de la casa, se adelantó con más seguridad y entró en el patio.
El patio estaba oscuro, lo que le permitió distinguir mejor un rayo de amortiguada luz que se divisaba al través de la puerta de la antesala, que no estaba cerrada herméticamente. Adelaida no le había dicho que le esperaría con luz, y aquella circunstancia no dejó de desconcertar su valor.
Después de unos momentos de perplejidad, que empleó en observar al través de la puerta, el silencio que reinaba en toda la casa le decidió a entrar, lo que hizo con grandes precauciones, a fin de evitar el ruido de esta nueva puerta que tenía que traspasar. Un instinto de precaución le aconsejó dejarla entreabierta para tener expedito el camino de la huida en caso necesario.
La pieza en que Agustín acababa de penetrar estaba sola y alumbrada por una luz que ardía tras de una pantalla verde, en una palmatoria de cobre dorado.