Martín Rivas

Martín Rivas

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Agustín sintió aumentarse el miedo con que había entrado al encontrarse solo, y le pasó por la mente la idea de una traición. Como entre sus prendas morales no figuraba el valor, tenía necesidad de apelar a la fuerza de su pasión y a su poco enérgica voluntad para no dar cabida a los consejos del miedo, que le impelían a volverse de prisa por el camino que acababa de andar.

La entrada de Adelaida, en circunstancias que su voluntad iba ya a negarle su apoyo, le volvió repentinamente a la calma y la idea de su felicidad.

—Ya temía que usted no llegase —dijo a la niña, tratando de tomarla una mano, que ella retiró.

—Estaba esperando en mi cuarto —contestó Adelaida— que todo estuviese en silencio. —¡Qué imprudencia la de dejar la luz!— exclamó con tierno acento el enamorado, dirigiéndose hacia la mesa para apagarla.

—No la apague usted —le contestó Adelaida, fingiendo una deliciosa turbación, que llenó de orgullo al joven al ver el temor amoroso que inspiraba.

—¿No tiene usted confianza en mí? —preguntó, renovando su ademán de apoderarse de una mano de Adelaida.

—Sí, pero con la luz estamos mejor —contestó ésta retirando su mano.

—¿Por qué no me deja usted su mano? —preguntó el joven.

—¿Para qué?


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