MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Para hablar a usted de mi amor y sentir entre las mÃas esa divina mano que…
Un gran ruido cortó la declaración del galán, que vio con espanto abrirse una puerta y aparecer en ella a doña Bernarda y Amador con luces que cada cual traÃa.
El primer impulso de AgustÃn fue el de huir por la puerta que habÃa dejado entreabierta, mientras que Adelaida se habÃa arrojado sobre una silla, ocultando su rostro entre las manos.
Amador corrió más ligero que AgustÃn y se interpuso entre éste y la puerta, amenazándole con un puñal.
El rostro del elegante se puso pálido como el de un cadáver, y la vista del puñal le hizo dar aterrorizado un salto hacia atrás.
—¡No ve, madre! —exclamó Amador—, ¿qué le decÃa yo? Éstos son los caballeros que vienen a las casas de las gentes pobres, pero honradas, para burlarse de ellas. Pero yo no consiento en eso.
Mientras esto decÃa, Amador daba vuelta a la llave y, sacándola de la chapa, la ponÃa en su bolsillo y se adelantaba al medio de la pieza con aire amenazador.
—¿Qué ha venido usted a hacer aquÃ? —exclamó con voz atronadora dirigiéndose a AgustÃn.
—Yo… creÃa que no se habÃan acostado y… como pasaba por aquÃ…