MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Mentira! —le gritó Amador interrumpiéndole.
—¡Ah, francesito —exclamó doña Bernarda—, conque asà te metes en las casas a seducir a las niñas!
—Mi señora, yo no he venido con malas intenciones —contestó AgustÃn.
—Esta picarona tiene la culpa —dijo Amador, aparentando hallarse en el último grado de exasperación—, porque si ella no hubiese consentido, el otro no podrÃa entrar. Ésta me la ha de pagar primero.
Tras estas palabras, se arrojó sobre Adelaida con furibundo ademán, y dirigió sobre ella una puñalada con tanta maestrÃa, que cualquiera hubiese jurado que sólo la agilidad con que Adelaida se levantó de su silla la habÃa librado de una muerte segura.
Doña Bernarda se echó en los brazos de su hijo, dando gritos de espanto e invocando su clemencia en nombre de gran número de santos. Amador parecÃa no escucharla y preocuparse sólo del maternal abrazo, que al parecer le privaba de todo movimiento.
—Pues si usted no quiere que ésta pague su maldad —exclamó—, déjenme solo con este mocito, que quiere deshonrarnos porque es rico.
Su ademán se dirigÃa entonces a AgustÃn, que temblaba en un rincón, en donde detrás de unas sillas se guarecÃa.