Martín Rivas

Martín Rivas

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Al oír estas palabras y al ver cómo Amador arrastraba a su madre para desasirse de sus brazos, Agustín creyó llegado su último instante y elevó sus fervientes súplicas al Eterno para que le librase de tan temprana e inesperada muerte.

Un supremo esfuerzo de Amador echó a rodar por la alfombra el cuerpo de su madre, y de un salto llegó al punto en que Agustín se encomendaba al Todopoderoso, parapetándose lo mejor que podía tras de las sillas.

Al ver que Amador levantaba el tremendo puñal, Agustín se arrojó de rodillas, implorando perdón.

—¿Y qué ofrece, pues, para que lo perdonen? —le preguntó el hijo de doña Bernarda, con aire y acento amenazadores.

—Todo lo que ustedes exijan —contestó el aterrado amante—; mi padre es rico y les daré…

—¡Plata!, ¿no es así? —exclamó Amador, haciendo chispear de fingida cólera sus ojos—. ¿Te figuras que te voy a vender mi honor por plata? ¡Así son estos ricos! Si no tienes mejor cosa que ofrecer, te despacho aunque después me afusilen.

—Haré lo que ustedes quieran —dijo con lastimosa voz Agustín, penetrado de espanto a la vista del desorden que se pintaba en el semblante de Amador.

—Lo que yo quiero es que te cases o de no te mato —contestó Amador, con tono de resolución.


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