Martín Rivas

Martín Rivas

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—Bueno, me caso mañana mismo —dijo Agustín, que miraba aquella condición como el único medio de salvar la vida.

—¡Mañana! ¿Te quieres reír de nosotros? ¿Para qué te mandases cambiar quién sabe dónde? No; ha de ser ahora mismo.

—Pero ahora no puedo, ¿qué diría mi papá?

—Tu papá dirá lo que se le antoje. ¿Para qué tiene hijos que quieren deshonrar a la gente honrada? Vamos, ¿te casas o no?

—Pero ahora es imposible —exclamó desesperado el elegante.

—¡Imposible! ¿No ves, tonta —dijo Amador dirigiéndose a su hermana—, no ves para lo que éste te quiere?, para reírse de ti. ¡Ah, yo conozco a los de tu calaña! —exclamó, mirando a Agustín—. Por última vez: ¿te casas o no?

—Le juro a usted que mañana…

Amador no le dejó concluir la frase, porque, quitando las sillas que de Agustín le separaban, quiso apoderarse del joven.

Mientras quitaba las sillas, había dado tiempo a doña Bernarda de acercarse, y ésta sujetó su brazo, colgándose de él, cuando Amador alzaba el puñal en el aire. Agustín, que no vio el movimiento de doña Bernarda, se arrojó al suelo prometiendo que consentía en casarse.


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