MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Ah, ah!, ¿consientes, no? —le dijo Amador—. Haces bien, porque sin mi madre te habÃa traspasado el corazón. Vamos a ver, ¿dirás al padre que yo traiga que quieres casarte?
—SÃ, lo diré.
—Yo veo que lo haces de miedo —exclamó Adelaida—, y no quiero casarme asÃ.
—No, no es de miedo —contestó, avergonzado, el elegante—; yo ofrecÃa hacerlo mañana, pero su hermano no me cree.
—Ahora mismo —dijo Amador—, yo lo mando.
Dirigióse a todas las puertas del cuarto y las cerró, guardándose las llaves. Luego sacó del bolsillo la que pertenecÃa a la puerta que comunicaba con el patio, que abrió.
—Ustedes me esperarán aquà —dijo—, yo voy a buscar al cura que vive aquà cerca. Si usted se arranca —añadió dirigiéndose a AgustÃn—, me voy mañana a su casa y le cuento al papá todas sus gracias, además de ajustar con usted la cuenta después. —No tenga usted cuidado— contestó AgustÃn, que aún se sentÃa humillado con la observación de Adelaida.
Amador salió cerrando con llave la puerta que caÃa al patio.
Oyóse el ruido de sus pasos sobre el empedrado y luego el de la puerta de calle que se abrÃa y se cerraba.