MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Inmediatamente después, AgustÃn pareció salir del espanto que la bien fingida cólera de Amador le habÃa causado y se dirigió a doña Bernarda:
—Señora —le dijo—, yo prometo que me casaré mañana si usted me deja salir; ahora es imposible que lo haga, porque papá no me perdonarÃa que me casase sin avisarle.
—¡Las cosas del francesito! —exclamó doña Bernarda, haciendo un movimiento de hombros—. ¿Qué no ve que Amador era capaz de matarme si lo dejo arrancarse? ¡Tan mansito que es! Ya lo vio usted endenantes que por nada no le ajusta una puñalada a la niña.
—Pero, señora, por Dios, yo le juro que vuelvo mañana a casarme.
—Si yo pudiera lo dejarÃa salir —exclamó Adelaida mirándole con desprecio—, y si no me obligasen no me casarÃa, porque veo que usted me estaba engañando.
AgustÃn se tiró con desesperación su perfumado cabello. Todo parecÃa rebelarse en su contra.
—Se engaña usted —exclamó con voz de súplica—, porque la amo de veras; pero no creo que usted considere honroso para usted lo que me obligan a hacer. Yo me casarÃa sin necesidad de que me amenazasen.
—ConsÃgalo si puede con Amador —le dijo doña Bernarda—. ¿Qué quiere que hagamos nosotras?