Martín Rivas

Martín Rivas

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Entre súplicas y respuestas transcurrió como un cuarto de hora. Agustín se sentó desesperado y ocultó el rostro entre las manos, apoyando los codos sobre las rodillas. A veces le parecía una horrible pesadilla lo que le acontecía y divisaba la vergüenza a que se vería condenado diariamente delante de su familia y de las aristocráticas familias que frecuentaba.

Un ruido de pasos resonó en el patio y entró luego Amador.

—Aquí está el padre —dijo a Agustín con sombrío tono de amenaza—. ¡Cuidado con decir que no, ni chistar una sola palabra que haga ver lo que hay de cierto, porque a la primera que diga, lo tiendo de una puñalada!

Dichas estas palabras, volvió a la puerta que caía al patio.

—Dentre, mi padre —dijo—, aquí están todos.

Un sacerdote entró en la pieza con aire grave. Un pañuelo de algodón doblado como corbata y atado por las puntas sobre la cabeza, que además estaba cubierta por el capuchón del hábito, le ocultaba parte del rostro y parecía puesto para librar del aire a una abultada hinchazón que se alzaba sobre el carrillo izquierdo.

Un par de anchas antiparras verdes ocultaba sus ojos y cambiaba el aspecto verdadero de su fisonomía con ayuda del pañuelo amarrado sobre la cara.


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