Martín Rivas

Martín Rivas

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—Vaya, párense pues —dijo Amador.

Doña Bernarda, Adelaida y Agustín se pusieron de pie.

El padre hizo que Adelaida y Agustín se tomasen de las manos. Doña Bernarda y Amador se colocaron a los lados. Después, acercando la vela que tomó en una mano al libro que había abierto y tomado con la otra, comenzó, con la voz gutural y monótona del caso, la lectura de la fórmula matrimonial.

Terminadas las bendiciones, Agustín se dejó caer sobre una silla más pálido que un cadáver.

El padre se retiró acompañado de Amador, después de firmar una partida del acto que acababa de verificarse.

Amador regresó luego a la pieza en que permanecían silenciosos la madre y los recién casados.

—Vaya, don Agustín —dijo con cierta sorna—, ya está usted libre.

—Jamás me atreveré a confesar un casamiento celebrado de este modo —contestó Agustín con voz sombría.

—Por poco se aflige el francesito —dijo doña Bernarda—. ¿Qué no quiere a la Adelaida pues?


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