Martín Rivas

Martín Rivas

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—Por lo mismo que la amo habría querido casarme con ella con el consentimiento de mi familia —repitió Agustín, que, viéndose casado, quería por lo menos destruir en el ánimo de Adelaida la mala impresión que su resistencia hubiese podido dejarla—. ¡Vaya! Lo mismo tiene atrás que por espaldas —exclamó Amador—; en lugar de pedir antes de casarse el consentimiento al papá, se lo pide después.

—No es lo mismo —contestó el novio—, y pasará mucho tiempo antes que pueda decir a papá que estoy casado.

Estas palabras oprimieron la voz de Agustín con la idea, que le desesperaba, de hallarse emparentado con aquella que algunas horas antes consideraba sólo digna de servir a sus caprichos.

—Pues hijito —le dijo doña Bernarda—, no piense que le entrego la mujer hasta que avise a su familia que está casado. Allá en la casa de su papá es donde usted la recibirá.

Esta nueva declaración no hizo tanto efecto en el ánimo de Agustín, porque lo tenía ya embargado con la realidad abrumadora de su triste aventura.

—Y si él no da parte, madre —dijo Amador—, yo tengo boca; pues, ¿qué estás pensando? Y no me morderé la lengua para contar que mi hermana está casada.

La amenaza de Amador pareció impresionar más fuertemente al contristado joven que la de doña Bernarda.


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