MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Es preciso que a lo menos me den tiempo para preparar el ánimo de papá — exclamó exasperado—. ¡Cómo quieren que lo haga de repente!
—Se le darán algunos dÃas —contestó Amador.
—Y en estos dÃas, ¿usted promete callarse?
—Lo prometo.
—Vaya pues, ya es tarde —dijo doña Bernarda—, y será bueno que se vaya para su casita.
AgustÃn se dirigió entonces a Adelaida, que fingÃa perfectamente un pesar desgarrador.
—Veo —le dijo— que usted sufre tanto como yo de la violencia que han cometido sus parientes.
Adelaida, por toda contestación, bajó los ojos suspirando.
—Yo habrÃa querido darle mi mano de otro modo —continuó el elegante.
—Y yo siento mucho que…
Aquà los sollozos cortaron la voz de Adelaida, dejando con esta reticencia más agradable impresión en el espÃritu del joven que si hubiese dicho algo, porque pensó que Adelaida era como él vÃctima de la trama.
—No te aflijas, tonta —dijo doña Bernarda a su hija.
—Esa aflicción —repuso AgustÃn— me prueba que ella no participa de lo que ustedes han hecho.