Martín Rivas

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Para sellar la tardía entereza con que pronunció aquellas palabras, Agustín salió encasquetándose hasta las cejas el sombrero.

—No se le olvide lo convenido —le dijo Amador, asomándose a la puerta de la antesala cuando Agustín llegaba a la de la calle.

Dio un fuerte golpe a esta puerta, como toda persona débil que descarga su cólera contra los objetos inanimados, y se dirigió a su casa con el pecho despedazado por la vergüenza y por la rabia.

Amador, entretanto, había cerrado la puerta y echádose a reír:

—¡Vaya con el susto que le metí! —exclamó—. ¡Hasta se le olvidaron todas las palabras francesas con que anda siempre!

Después de algunos comentarios sobre la conducta que debían observar en adelante, separáronse los dos hijos de la madre, dirigiéndose cada cual a su aposento.

Adelaida encontró a su hermana en pie:

—¡Cómo has consentido en pasar por esa farsa! —le dijo Edelmira, que, al parecer, había observado sin ser vista la escena del supuesto matrimonio.


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