MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Don Dámaso le presentó a su mujer y a Leonor, que le hicieron un ligero saludo. En ese momento entró AgustÃn, a quien su padre presentó también al joven Rivas, que recibió del elegante una pequeña inclinación de cabeza. Esta frÃa acogida bastó para desconcertar al provinciano, que permanecÃa de pie, sin saber cómo colocar sus brazos, ni encontrar una actitud parecida a la de AgustÃn, que pasaba sus manos entre su perfumada cabellera. La voz de don Dámaso, que le ofrecÃa un asiento, le sacó de la tortura en que se hallaba, y mirando al suelo, tomó una silla distante del grupo que formaban doña Engracia, Leonor y AgustÃn, que se habÃa puesto a hablar de su paseo a caballo y de las excelentes cualidades del animal en que cabalgaba. MartÃn envidiaba de todo corazón aquella insÃpida locuacidad, mezclada con palabras francesas y vulgares observaciones, dichas con ridÃcula afectación. Admiraba además al mismo tiempo, la riqueza de los muebles, desconocida para él hasta entonces; la profusión de los dorados, la majestad de las cortinas que pendÃan delante de las ventanas, y la variedad de objetos que cubrÃan las mesas de arrimo. Su inexperiencia le hizo considerar cuanto veÃa como los atributos de la grandeza y de la superioridad verdaderas, y despertó en su naturaleza, entusiasta, esa aspiración hacia el lujo que parece sobre todo el patrimonio de la juventud.