MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Al principio, MartÃn hizo aquellas observaciones a hurtadillas, pues sin conciencia de la timidez que lo dominaba, cedÃa a su poder repentino, sin ocurrÃrsele combatirlo, como acababa de hacer al bajar de su habitación.
Don Dámaso, que era hablador, le dirigió la palabra para informarse de las minas de Copiapó. MartÃn vio, al contestar, dirigidos hacia él los ojos de la señora y sus hijos. Y esta circunstancia, lejos de aumentar su turbación, pareció infundirle una seguridad y aplomo repentinos, porque contestó con acierto y voz entera, fijando con tranquilidad su vista en las personas que le observaban como a un objeto curioso.
Mientras hablaba, volvÃa también la serenidad a su espÃritu, gracias a los esfuerzos de su voluntad naturalmente inclinada a luchar con las dificultades. Y pudo, sólo entonces, observar a las personas que le escuchaban.
En el rincón más oscuro de la pieza divisó a doña Engracia, que se colocaba siempre en el punto menos alumbrado para evitar la sofocación. Esta señora tenÃa en sus faldas una perrita blanca de largo y rizado pelo, por el cual se veÃa que acababa de pasar un peine, tal era lo vaporoso de sus rizos. La perrita levantaba la cabeza de cuando en cuando, y fijaba sus luminosos ojos en MartÃn con un ligero gruñido, al que contestaba cada vez doña Engracia diciéndole por lo bajo: