Martín Rivas
Martín Rivas —¡Diamela! ¡Diamela!
Y acompañaba esta amonestación con ligeros golpes de cariño, parecidos a los que se dan a un niño regalón después que ha hecho alguna gracia.
Pero Martín se fijó muy poco en la señora y en las señales de descontento de Diamela, y dejó también de admirar las pretenciosas maneras del elegante para detener con avidez la vista sobre Leonor. La belleza de esta niña produjo en su alma una admiración indecible. Lo que experimenta un viajero contemplando la catarata del Niágara, o un artista delante del grandioso cuadro de Rafael La Transfiguración dará, bien explicado, una idea de las sensaciones súbitas y extrañas que surgieron del alma de Martín en presencia de la belleza sublime de Leonor. Ella vestía una bata blanca con el cinturón suelto como el de las elegantes romanas, sobre un delantal bordado, en cuya parte baja, llena de calados primorosos, se veía la franja de valenciennes de una riquísima enagua. El corpiño, que hacía un pequeño ángulo de descote, dejaba ver una garganta de puros contornos y hacía sospechar la majestuosa perfección de su seno. Aquel traje, sencillo en apariencia, y de gran valor en realidad, parecía realizar una cosa imposible: la de aumentar la hermosura de Leonor, sobre la cual fijó Martín con tan distraída obstinación la vista, que la niña volvió hacia otro lado la suya, con una ligera señal de impaciencia.