Martín Rivas

Martín Rivas

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Un criado se presentó anunciando que la comida estaba en la mesa, cuando Agustín estaba haciendo una descripción del Boulevard de París a su madre, al mismo tiempo que don Dámaso, que en aquel día se inclinaba a la oposición, ponía en práctica sus principios republicanos, tratando a Martín con familiaridad y atención. Agustín ofreció el brazo izquierdo a su madre tratando de agarrar a Diamela con la mano derecha.

—¡Cuidado, cuidado, niño! —Exclamó la señora al ver la poca reverencia con que su primogénito trataba a su perra favorita—, vas a lastimarla.

—No lo crea mamá —contestó el elegante—. Cómo la había de hacer mal cuando encuentro esta perrita charmante.

Don Dámaso ofreció su brazo a Leonor, y volviéndose hacia Martín:

—Vamos a comer, amigo —le dijo, siguiendo tras de su esposa y de su hijo.

Aquella palabra, «amigo», con que don Dámaso le convidaba, manifestó a Martín la inmensa distancia que había entre él y la familia de su huésped. Un nuevo desaliento se apoderó de su corazón al dirigirse al comedor en tan humilde figura, cuando veis al elegante Agustín asentar su charolada bota sobre la alfombra con tan arrogante donaire, y la erguida frente de Leonor resplandecer con todo el orgullo de la hermosura y de la riqueza.


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