Martín Rivas

Martín Rivas

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Mientras tomaban la sopa sólo se oyó la voz de Agustín:

—En los Fréres provengeaux comía diariamente una sopa de tortuga deliciosa —decía limpiándose el bozo que sombreaba su labio superior—. ¡Oh, el pan de París! —Añadía al romper uno de los llamados franceses entre nosotros—, es un pan divino, mirobolante.

—¿Y en cuánto tiempo aprendiste el francés? —le preguntó doña Engracia, dando una cucharada de sopa a Diamela y mirando con orgullo a Martín, como para manifestarle la superioridad de su hijo.

Mas, sea que con este movimiento no pusiera bien la cucharada en el requerido hocico de Diamela, sea que la temperatura elevada de la sopa ofendiese sus delicados labios, la perra lanzó un aullido que hizo dar un salto sobre su silla a doña Engracia; y su movimiento fue tan rápido, que echó a rodar por el mantel el plato que tenía por delante y el líquido que contenía.

—¡No ves! ¡No ves! ¿Qué es lo que te digo? Eso sale por traer perros a la mesa —exclamó don Dámaso.

—Pobrecita de mi alma —decía sin escucharle doña Engracia, dando fuertes apretones de ternura a Diamela, mientras que ésta aullaba desesperada.

—Vamos, cállate, polissonne —dijo Agustín a la perra, que, viéndose un instante libre de los abrazos de la señora, se calló repentinamente.


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