MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Doña Engracia alzó los ojos al cielo como admirando el poder del criador, y bajándolos sobre su marido, dÃjole con acento de ternura:
—¡Mira, hijo, ya entiende francés esta monada!
—Oh, el perro es un animal lleno de inteligencia —exclamó AgustÃn—. En ParÃs los llamaba en español y me seguÃan cuando les mostraba un pedazo de pan.
Un nuevo plato de sopa hizo cesar el descontento de Diamela y dejó restablecerse el orden en la mesa.
—¿Y qué dicen de polÃtica en el Norte? —preguntó a MartÃn el dueño de casa.
—Yo he vivido lejos de las poblaciones, señor, con la enfermedad de mi padre —contestó el joven—, de modo que ignoro el espÃritu que allà reinaba.
—En ParÃs hay muchos colores polÃticos —dijo AgustÃn—: los orleanistas, los de la brancha de los Borbones y los republicanos.
—¿La brancha? —preguntó don Dámaso.
—Es decir, la rama de los Borbones —repuso AgustÃn.
—Pero en el Norte todos son opositores —dijo don Dámaso, dirigiéndose otra vez a MartÃn.
—Creo que es lo más general —respondió éste.
—La polÃtica gata los espÃritus —observó sentenciosamente el primogénito de la familia.