MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Cómo es eso de gato! —preguntó su padre con admiración.
—Quiero decir que vicia el espÃritu —contestó el joven.
—Sin embargo —repuso don Dámaso—, todo ciudadano debe ocuparse de la cosa pública, y los derechos de los pueblos son sagrados.
Don Dámaso, que, como dijimos, era opositor aquel dÃa, dijo con gran énfasis esta frase que acababa de leer en un diario liberal.
—Mamá, ¿qué confitura es ésa? —preguntó AgustÃn, señalando una dulcera, para cortar la conversación de polÃtica que le fastidiaba.
—Y los derechos de los pueblos —continuó diciendo don Dámaso sin atender al descontento de su hijo— están consignados en el Evangelio.
—Son albaricoques, hijo —decÃa al mismo tiempo doña Engracia, contestando a la pregunta de AgustÃn.
—¡Cómo, albaricoques! —exclamó don Dámaso, creyendo que su mujer calificaba con esta palabra los derechos de los pueblos.
—No, hijo; digo que aquél es dulce de albaricoques —contestó doña Engracia. —Confiture d’abricots —dijo AgustÃn, con el énfasis de un predicador que cita un texto latino.