MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Bueno, me gusta oÃrte hablar asà —le dijo el padre revistiéndose de un aire doctoral, los jóvenes no deben estar de ociosos, porque no hacen más que perder tiempo y dinero.
Esta reflexión caÃa muy mal para las circunstancias de AgustÃn. No obstante, la idea de ver aparecer a Amador y de que todo se descubriese le dio ánimo para persistir en la resolución con que habÃa entrado.
—Asà es, papá —dijo—, usted tiene razón y por eso yo deseo trabajar.
—Está bien, hijo, yo te buscaré alguna ocupación.
—Gracias. Cuando esté trabajando no pensaré en hacer gastos, como ahora, que, sin saber cómo, me encuentro con una deuda de mil pesos.
AgustÃn pronunció su frase con la mayor serenidad que le fue posible y observó con ansiedad el efecto que producÃa en su padre.
Don Dámaso, que habÃa vuelto a su paseo, se detuvo y fijó los ojos en su hijo. Las palabras que don Fidel acababa de decirle tomaron entonces en su imaginación un alcance profético.
—¡Mil pesos! —exclamó—. ¡Pero hace muy pocos dÃas que te di otro tanto!
—Es cierto, papá, pero yo no sé cómo… se me habÃa olvidado… y además con los amigos y el sastre…