Martín Rivas

Martín Rivas

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Dijéronle en su casa que don Simón Arenal había estado a buscarle, y sin dejar el sombrero, ni entrar en explicaciones con doña Francisca sobre su entrevista con don Dámaso, se dirigió lleno de curiosidad a casa de don Simón.

Doña Francisca le vio salir con el placer que muchas mujeres experimentan cada vez que se ven libres de sus maridos por algunas horas. Hay gran número de matrimonios en que el marido es una cruz que se lleva con paciencia, pero que se deja con alegría, y don Fidel era un marido cruz en toda la extensión de la palabra. Doña Francisca leía a la sazón a Valentina, de Jorge Sand, y don Fidel, hombre de negocios, con toda la frialdad de tal, hacía una triste figura comparado con el ardiente y apasionado Benedicto. Por esta causa doña Francisca vio con gusto salir a su cruz y volvió con vehemencia a la lectura.

Don Fidel no se curaba de Jorge Sand más que de los pobres del hospicio, y así fue que salió sin ver los reflejos de romántico arrobamiento que brillaron en los ojos de su consorte; hasta más le importaba el negocio del Roble que estudiar las impresiones de su mujer.

Llegó a casa de don Simón con la respiración agitada y el ánimo inquieto por la duda.


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