MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Con esto quedó MartÃn citado para la noche, porque Leonor le habÃa mirado sólo a él al decir estas palabras.
Con esta persuasión asistió en la noche a la tertulia de don Dámaso, en la que faltaban don Fidel y su familia, que habÃan juzgado prudente no presentarse aquella noche.
Pocos minutos después de la llegada de MartÃn se dirigió Leonor al piano y llamó al joven con la vista. MartÃn se acercó temblando. La disimulada cita que habÃa recibido y la mirada con que la niña le llamaba a su lado bastaban para llenarle de turbación.
—Éste es el vals —le dijo Leonor, extendiendo sobre el atril una pieza de música. Principió a tocarla, y MartÃn se quedó de pie, para volver la hoja.
—A lo que veo —le dijo Leonor, tocando los primeros compases—, usted ha venido a ser la providencia de la familia.
—¿Yo, señorita? —preguntó él con admiración—. ¿Por qué?
—Mi padre dice que para sus negocios usted es su brazo derecho.
—Es que se exagera los pequeños servicios que he podido hacerle.
—Además, sin usted, tal vez Matilde serÃa siempre desgraciada.