Martín Rivas

Martín Rivas

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—¡Es decir que sobre usted nadie tiene influencia ninguna! —exclamó Leonor con tono sarcástico.

—Usted la ejerce imperiosísima sobre mí, señorita —contestó Rivas, acompañando estas osadas palabras con una ardiente mirada.

Leonor no se dignó mirarle, sin embargo que sintió perfectamente el fuego de aquella mirada. Siguió durante algunos momentos tocando el vals sin hablar una sola palabra y dejó el piano cuando terminó.

En lo restante de la noche no tuvo para Rivas una sola mirada y conversó largo rato con Emilio Mendoza, que, al retirarse, se creía el preferido.

Leonor, al acostarse, se confesaba vencida por la obstinación con que Rivas había callado su secreto; pero en esa reflexión, hecha a solas y sin doblez ninguna, hallaba un motivo de admiración por aquel carácter leal y caballeroso que prefería arrostrar su desdén a traicionar la amistad. Ella tenía bastante elevación de espíritu para comprender la delicadeza de la reserva de Martín, y en su pecho prevalecía el aprecio a tal reserva sobre el deseo de esclavizar al joven, deseo que antes imperaba en su voluntad y le pedía su orgullo.


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