MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 33
A las nueve de la mañana siguiente, AgustÃn y MartÃn se hallaban reunidos, después de haber salido una hora antes en busca de los certificados que el dÃa anterior habÃan pedido en las parroquias más inmediatas a la casa de doña Bernarda.
Con aquellos certificados, AgustÃn habÃa vuelto a la alegrÃa natural de su carácter, y prodigaba a Rivas mil protestas de amistad y reconocimiento eternos.
—Soy a usted por la vida entera —le decÃa, leyendo aquellos certificados—; con estos papeles voy a fudroayar a Amador. ¡Veremos ahora quién de los dos hace el fiero! —Yo insisto— dijo MartÃn —en que es preciso imponer a su padre de lo que sucede. —¿Usted cree? No veo la necesidad absoluta.
—Por lo que usted me cuenta —repuso MartÃn—, Amador es capaz de ir a verse con don Dámaso al oÃr la negativa de usted sobre el dinero.
—Es cierto.
—Y en ese caso será muy difÃcil explicar el asunto cuando don Dámaso esté bajo la impresión que le producirá una noticia como la que Amador le darÃa.
—Tiene usted razón; pero es el caso que yo no me atrevo a ir a hablar con mi padre. —Iré yo y le instruiré de todo lo ocurrido.
