MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Dile, hija —repuso—, que el matrimonio es nulo y que hay cómo probarlo.
—Eso no basta, eso no basta —respondió doña Engracia—, ¡toda la sociedad va a saber lo que ha sucedido y no se hablará de otra casa!
—Papá —dijo Leonor—, ¿no dice usted que MartÃn fue el que imaginó el buscar las pruebas que usted tiene?
—SÃ, hijita, MartÃn.
—Creo que lo más acertado entonces serÃa llamarle; él tal vez nos indicará lo que debe hacerse.
—Tienes razón —contestó don Dámaso, como si le hubiesen dado un medio infalible de salir de aquel aprieto.
Hizo llamar a MartÃn, que se presentó al cabo de cortos instantes.
Don Dámaso le refirió su visita a doña Bernarda y la obstinación que habÃa encontrado en ésta y en su hijo.
—Y ahora, ¿qué haremos? —Fueron las palabras con que terminó su relación.
—Yo estoy persuadido que todo es una farsa —contestó Rivas—, pues, según lo que usted refiere, si ellos tuviesen las pruebas de que hablan, las habrÃan manifestado, y sobre todo Amador, a quien conozco, no habrÃa estado tan humilde.