MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Lo que se necesita es asegurarse de todo eso, tener una prueba irrecusable de la nulidad del matrimonio y comprar el silencio de esas gentes —dijo Leonor a MartÃn, con tono tan perentorio y resuelto como si ella y el joven tuviesen solos el cargo de ventilar aquel asunto de familia.
—Usted hiere la dificultad, señorita —respondió MartÃn—, aquà se trata de comprar. Me asiste la sospecha de que Amador es el que tiene el hilo de esta trampa, y creo que con dinero se podrá llegar al fin que usted indica.
—Mi papá —repuso Leonor— está pronto, según entiendo, a gastar lo necesario.
—¡Cómo no, cuanto sea preciso! —exclamó don Dámaso.
—Con mil pesos será bastante —dijo MartÃn.
—¿Se encargará usted de todo? —Preguntóle don Dámaso.
—A lo menos me comprometo a hacer lo humanamente posible para arreglarlo —contestó Rivas con tono resuelto.
—Excelente —exclamó don Dámaso—, ¿quiere usted llevar una libranza a la vista contra mi cajero?
—No será malo, porque esto valdrá más que una promesa mÃa —dijo MartÃn.
Don Dámaso pasó a su escritorio para firmar el documento.