MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Doña Engracia luchaba, entretanto, con la sofocación en que le habÃa puesto la noticia, y con Diamela, que, cansada en sus faldas, hacÃa esfuerzos para saltar sobre el estrado.
Leonor se acercó a MartÃn, que permanecÃa de pie algo distante del sofá en que doña Engracia y su hija se encontraban.
—¿De modo que sin que usted lo quisiese —le dijo— he sabido el secreto que usted me ocultaba?
—Espero que usted me hará justicia —contestó Rivas—. ¿PodÃa divulgar un secreto que no me pertenecÃa?
—Ya lo comprendo —replicó la niña con altanerÃa—, puesto que usted estaba más interesado en ocultarlo que en divulgarlo, como dice usted.
—¡Interesado! ¿En qué?
—Se trataba de personas que usted visita con AgustÃn.
—Es verdad que le he acompañado allà varias veces.
—Según dice mi papá, hay dos niñas, bonitas ambas —dijo con malicia Leonor—, y entiendo que AgustÃn hace la corte a una sola.