MartÃn Rivas
MartÃn Rivas MartÃn no encontró cómo justificarse de aquella imputación tan directa; en presencia de Leonor, lo hemos dicho ya, el joven perdÃa su natural serenidad. Turbado con la acusación que encerraban las palabras que acababa de oÃr, halló una respuesta más significativa que la que se habrÃa atrevido a dar con entera sangre frÃa.
—Desde hoy me retiro de la casa —contestó—; creo que no puedo ofrecer mejor justificación.
—Se impone usted un sacrificio enorme —le dijo Leonor con sonrisa burlona.
En este momento volvió don Dámaso con el vale que habÃa ofrecido, y Leonor se retiró al lado de su madre.
MartÃn oyó las recomendaciones del padre de AgustÃn sin prestarle gran atención y salió más preocupado de las palabras de Leonor que del paso que se acababa de comprometer a dar. Aquellas palabras y la sonrisa con que fueron dichas le volvÃan a la idea de que era el juguete de los caprichos de Leonor. PersuadÃase de que ésta abrigaba un corazón fantástico y cruel.
«Es demasiado orgullosa para permitir que la ame un hombre sin posición social, como yo», se decÃa con profunda amargura.