MartÃn Rivas
MartÃn Rivas En casa de doña Bernarda habÃase establecido conciliábulo después de la salida de don Dámaso. Doña Bernarda, Adelaida y Amador hablaban en el cuarto de éste sobre la visita que acababan de recibir.
—Yo me alegro de que lo sepan todos esos ricos —decÃa la madre, sin advertir la preocupación pintada en el rostro de sus dos hijos.
Después de disertar sobre el asunto y edificar castillos en el aire, poniendo por cimiento la validez del matrimonio, se retiró doña Bernarda con estas palabras, dirigidas a su hija, que bajaba la frente para ocultar los temores que la asaltaban:
—No se te dé nada, Adelaida, el rico ese tiene que tragarse la pÃldora, aunque haga más gestos que un ahorcado; serás su hija por más que le duela, y te ha de llevar a la casa no más.
Cuando Adelaida y Amador quedaron solos, fijaron el uno en el otro una profunda mirada.
—Alguien ha metido la mano en esto —dijo Amador—, porque AgustÃn no es capaz de dudar de que está bien casado. ¡No será mucho que esa tonta de Edelmira…! —Entretanto— observó Adelaida, —si descubren la verdad nos hunden. ¿Cómo probamos nada si ellos se presentan a la justicia?
—Asà no más es —contestó Amador, rascándose la cabeza—, se nos ha dado vuelta la tortilla.