MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Tú me has metido en esto —replicó Adelaida, presa ya del miedo que le inspiraba el resultado—, y es necesario que trates de acomodarlo todo.
—¡Eh, si yo te metÃ, fue para tu bien! —exclamó Amador—, y la cosa no está tan mala, porque el viejo está muy interesado en que no sepan lo sucedido. Yo estoy seguro que si yo fuese a confesarle la verdad me darÃa las gracias.
—No hay más que hacer entonces —contestó Adelaida, presurosa de verse libre a tan poca costa de las consecuencias de aquel asunto.
—No seáis tonta —le dijo Amador en tono de amigable confidencia—. El viejo ofreció plata si nos callábamos.
—Yo no quiero plata —replicó Adelaida con orgullo—, yo quiero salir del pantano en que me has metido.
—Bueno, pues, yo te sacaré —respondió Amador.
Adelaida se retiró, después de exigir a su hermano formal promesa de hacer lo que ella pedÃa.
Amador calculaba que, aceptando la proposición que don Dámaso habÃa formulado, todavÃa le quedaba algún provecho que sacar del desenlace desgraciado de su empresa.