MartÃn Rivas
MartÃn Rivas «A mi madre —se dijo— la contento con un regalito, para que no se enoje cuando le cuente que la estaba engañando, y me queda todo lo demás que me den».
Animado con esta reflexión, resolvió escribir a AgustÃn para pedirle una entrevista. Se hallaba ya sentado y tomaba la pluma cuando MartÃn golpeó a la puerta de su cuarto.
Como Amador ignoraba el objeto de aquella visita, tomó un aire de seriedad para saludar a MartÃn.
—Vengo de parte de don Dámaso Encina —dijo éste, sin aceptar la silla que le ofreció Amador.
—Aquà estuvo esta mañana —contestó Amador, esperando que Rivas le dijese la comisión que llevaba.
—Me ha encargado que me vea con usted solo.
—Aquà me tiene, pues.
—Al hacerme este encargo, me dijo que no habÃa podido entenderse con doña Bernarda.
—Asà no más fue. Usted conoce a mi madre, no aguanta pulgas en la espalda.
—Me dijo don Dámaso que, por lo poco que usted habÃa hablado, le parecÃa más tratable que la señora.
—Eso es lo que tiene mi madre; luego se le va la mostaza a las narices.
—Mi objeto, pues, es el arreglarme con usted sobre este desagradable asunto de AgustÃn.
—¡Qué más arreglado de lo que está!