MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Continuó dictando MartÃn, valiéndose de la relación que AgustÃn le habÃa hecho del suceso y completándola con las explicaciones de Amador, que dio también el nombre y calidad del que le habÃa servido para la representación de su farsa. —¿Usted me promete que no le seguirá ningún perjuicio?— preguntó Amador al dar el nombre del sacristán.
—Bajo mi palabra; ya ve usted que esta carta es sólo un documento para la tranquilidad de don Dámaso, y que de ningún modo puede perjudicar a usted ni a nadie. Cualquiera que la lea, verá que ha sido un asunto en que se ha dado una buena lección a un joven que no iba por el buen camino.
Firmó Amador la carta y recibió el vale devorándole con la vista.
«Después de todo —pensó doblándolo—, no está tan malo, y no me ha costado mucho ganarlo».
Rivas volvió a casa de don Dámaso lleno de alegrÃa porque esperaba que con el buen éxito de su comisión no podrÃa menos que encomendarse favorablemente a los ojos de Leonor.