MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 35
Guardó Amador, como guardarÃa una reliquia un devoto, el documento que le hacÃa dueño de mil pesos, y se dirigió al cuarto de Adelaida.
—Todo está arreglado —le dijo, refiriéndole la entrevista que acababa de tener con MartÃn con todos sus pormenores, excepto lo referente al vale que tenÃa en el bolsillo.
Mil pesos era para el hijo de doña Bernarda una suma enorme. La facilidad con que la ganaba, lejos de satisfacer su ambición, la despertó más poderosa, sugiriéndole la siguiente reflexión que hizo en voz alta:
—Si no nos hubiesen vendido, otro gallo nos cantarÃa. Se me pone que Edelmira es la que se lo ha contado todo a MartÃn.
Adelaida no respondió. Hallábase contenta con el pacÃfico desenlace de una intriga de cuya participación se habÃa pronto arrepentido, y le importaban poco las suposiciones de Amador, que miraba el asunto por su aspecto pecuniario.
—Nadie puede haber sido sino esa tonta de Edelmira —prosiguió Amador—; hay me la pagará.
—Tú te encargarás de contarle a mi madre lo que ha sucedido —le dijo Adelaida.
—Es preciso dejar que pasen algunos dÃas; se lo diremos después del Dieciocho. Ahora la cosa está muy fresca y se enojarÃa mucho.