MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Yo! ¿Por qué, pues? —contestó Amador, que, como todo el que vive con la conciencia vigilante por causa de alguna falta, sospechó al momento el significado de aquella pregunta, que le hizo palidecer.
—¡No sé, pues! Estaré tonta que hasta mis hijos me engañan. ¡Era lo que faltaba! Conque Adelaida está bien casada, ¿no?
—Pero, madre, ¿no le he estado diciendo estos dÃas que ya todo estaba arreglado? —¡Bonito el arreglo! ¡No hagáis otro y quedarais limpios! Arreglado, quedando nosotros como unos negros. ¿Con qué caras vamos a andar por la calle? Hasta los chiquillos nos señalarán con el dedo.
—¡Las cosas suyas! —dijo Amador confundido.
Doña Bernarda se exasperó con esta exclamación, que en su estado de irritabilidad creyó poco respetuosa. Ésta fue la señal para que, descargando sobre Amador y sobre Adelaida todo el peso de su furor, prorrumpiese en desatinadas maldiciones, horrorosos insultos y amenazas terribles, que la decencia nos impide transcribir.
Adelaida, más tÃmida que Amador, creyó libertarse de aquella granizada de improperios que amenazaba degenerar en vÃas de hecho, dando con temblorosa voz esta disculpa:
—Yo no tuve la culpa, mamita.
A lo que Amador replicó en tono sarcástico: