MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —SÃ, pues, la habré tenido yo. ¡No ve que era yo el que me iba a casar! Bueno, pues, yo no me ando con santos tapados.
—Y ¿quién es entonces? —exclamó doña Bernarda—. ¿No fuiste tú quien me vino a hablar del casamiento? ¿Para qué me engañaste? Algún interés tenÃas.
—¿Qué interés quiere que tuviese? ¡Esto sà que es bonito!
—¿Y cómo ésta dice que no tuvo la culpa? —preguntó doña Bernarda señalando a su hija.
—SÃ, pues, porque ella lo dice ya fue cierto.
—En la carta dices que tú trajiste a un amigo vestido de padre.
—¿En qué carta?
—En la que escrebistes a don Dámaso.
—Asà fue; pero yo no lo hice por mÃ, sino por Adelaida.
Doña Bernarda se volvió hacia ésta con la vista inflamada de cólera.
—Yo no tengo la culpa —repitió Adelaida en contestación a esa mirada.
—Eso es, pues, échame la culpa a mà ahora —dijo Amador picado y respondiendo a otra mirada de su madre.
Luego añadió: