Martín Rivas

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Adelaida conoció el peligro en que estaba si su hermano seguía hablando y tomó la palabra para echar sobre ella toda la responsabilidad de lo acaecido; más aquel recurso era tardío después que las sospechas de algún nuevo misterio entraron en el espíritu de la madre con lo que acababa de oír. En vano Adelaida juró que ella había incitado a su hermano sólo por el deseo de casarse con un caballero, doña Bernarda repetía sólo por contestación esta pregunta:

—Sí, pero algo tienes que tapar cuando éste lo dice.

Hubieran se calmado las sospechas de doña Bernarda si Amador hubiese confirmado las aseveraciones de su hermana; pero se guardó bien de hacerlo, porque temía ver de nuevo descargarse sobre él la cólera de su madre.

Entretanto, como viese doña Bernarda que Adelaida repetía lo mismo y que Amador callaba, volvióse hacia éste y prorrumpió en amenazas si no le descubría la verdad. —Si no me la confiesas— le dijo mostrándole los puños y en el mayor estado de exaltación—, te hago sentar plaza de soldado por incorregible; acuérdate que todavía no tienes veinticinco años.


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