MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No admitirá, no quiere oÃr hablar de nada si no consiento en casarme. Me parece inútil decirte que esto es imposible, pues no habrÃa consentido en ello aun cuando no me hallase en vÃsperas de mi soñada felicidad.
MartÃn se quedó silencioso, pensando que aquella frase podrÃa salvar a muchas infelices niñas expuestas a la seducción si pudieran oÃrla.
—¿Qué harÃas tú en mi caso? —preguntó Rafael.
—Discurriendo como acabas de hacerlo y puesto que doña Bernarda no quiere oÃr hablar más que de matrimonio, le quitarÃa la ocasión de pensar en ello.
—¿Cómo?
—Casándome pronto.
—Tienes razón; pero siempre queda un peligro.
—¿Cuál?
—Doña Bernarda me amenazó con presentarse al juzgado.
—¿Crees tú que se atreviese a hacerlo?
—Mucho lo temo; es mujer violenta y capaz de abrigar odios irreconciliables. Creo que por vengarse de mà no se arredrarÃa ante la necesidad de propalar la deshonra de su hija.
—Queda un medio, aunque no seguro.
—¿A ver?
—Amador es codicioso.