MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Más que un avaro de comedia.
—Le pagaremos unos quinientos pesos porque obtenga de su madre la promesa de desistir de su presentación.
—¿PodrÃas tú hablar con él?
—Con mucho gusto.
—Me harás con esto un gran servicio —exclamó Rafael reconocido—. ¡Tú sabes lo que he sufrido antes de verme como ahora a las puertas de la felicidad! ¡La amenaza de doña Bernarda me hace temblar! Si mi conciencia estuviese tranquila, no me sucederÃa esto; pero, como tú dices, la pobre señora tiene razón y de nada le sirve mi arrepentimiento.
—En fin, haremos lo que se pueda.
—Te debo ya el inmenso servicio de haberme devuelto a Matilde, y si consigues que doña Bernarda se calle, te la deberé de nuevo. ¡Cómo podré pagarte jamás! —Hablemos de otra cosa. ¿No eres mi amigo?
—Bueno, hablemos de tus amores, ¿cómo siguen?
—Siempre mal —dijo Rivas con una sonrisa que no alcanzó a borrar la melancolÃa de su rostro.
—No creo que tan mal —replicó Rafael.
—¿Por qué? ¿Sabes tú algo? —preguntó con interés MartÃn.
—Matilde me dice que su prima habla de ti constantemente; éste es un buen presagio.
—Hablará de mà como de tantos otros.