MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Ya ves —prosiguió la señora— lo que le ha pasado a tu hermana por tonta. Yo también he tenido la culpa por dejar que entren en casa estos malvados futres. Pero tú has tenido más juicio que la otra y por eso Dios se acuerda ahora de ti.
Doña Bernarda hizo una pausa en su exordio moral para encender un cigarro, pausa durante la cual el corazón de su hija se colmó de amargos presentimientos. —Ricardo— prosiguió doña Bernarda— quiere casarse contigo.
Edelmira se puso lÃvida y tembló sobre su silla.
—Es un buen muchacho —continuó la madre—, tiene buen sueldo y lo han de ascender. Nosotros somos pobres, y cuando se ofrece un partido como éste, no hay que soltarlo.
Esperó en silencio algunos instantes doña Bernarda para oÃr la contestación de su hija. Pero Edelmira nada respondió; miraba a la alfombra con abatida frente y parecÃa luchar con las lágrimas que asomaban a sus ojos.
—¿Qué te parece, pues, hija? —preguntó la madre.
La niña pareció hacer un esfuerzo y levantó al cielo los ojos cual si invocara su auxilio.
—Mamita… —dijo en tono balbuciente—, yo no quiero a Ricardo.