Martín Rivas

Martín Rivas

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—¿Cómo es eso? —exclamó doña Bernarda—. ¡Estamos frescos! ¡Miren qué princesa para andarse regodeando! ¿Qué me importa a mí que no lo quieras? ¿De dónde has sacado que es preciso querer? ¿Me lo habrás oído a mí por acaso? ¡Miren si será lesa ésta! Te buscarán un marqués, a ver si te gusta. ¡Contimás que sois tan bonita! ¡No será mucho que queráis a algún futre también!

—¡Yo no, mamita! —exclamó la niña, que se figuraba que doña Bernarda iba a leer en sus ojos y adivinar su amor a Martín.

—¿Y entonces, pues, qué más quieres? ¡Allá todas tuviesen la misma suerte!

—Yo no deseo casarme, mamita —dijo con humilde voz Edelmira.

—Sí, pues; haces muy bien, para estar viviendo siempre a costillas de la madre. ¡Bonitas hijas! Una… ya se sabe… ¡Bendito sea Dios! ¡El difunto Molina había de ver esto, bien hizo Dios en llevárselo! ¡Y ésta ahora no quiere casarse! En vez de aliviar a su pobre madre. ¿Quieres no ser tonta, niña?

Concluyó doña Bernarda estas exclamaciones con una risa que infundió más temor a Edelmira que el que le habría dado una amenaza. No pudo sostener tampoco la terrible mirada con que su madre la acompañó y tuvo que inclinarse temblorosa y sumisa, en señal de obediencia.


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