MartÃn Rivas
MartÃn Rivas La niña que conversaba con Leonor formaba con ella un contraste notable por su fisonomÃa. Al ver su rubio cabello, su blanca tez y sus ojos azules, un extranjero habrÃa creÃdo que no podÃa pertenecer a la misma raza que la joven algo morena y de negros cabellos que se hallaba a su lado, y mucho menos que entre Leonor y su prima, Matilde ElÃas, existiese tan estrecho parentesco. La fisonomÃa de esta niña revelaba además cierta languidez melancólica, que contrastaba con la orgullosa altivez de Leonor, y aunque la elegancia de su vestido no era menos que la de ésta, la belleza de Matilde se veÃa apagada a primera vista al lado de la de su prima.
Las dos niñas tenÃan sus manos afectuosamente entrelazadas, cuando entró al salón Clemente Valencia.
—¡Ah!, ya viene este hombre con sus cadenas de reloj y sus brillantes, que huelen a capitalista de mal gusto —dijo Leonor.
El joven no se atrevió a quedarse al lado de las dos primas por el frÃo saludo con que la hija de don Dámaso contestó al suyo, y fue a sentarse al lado de las mamás. —Sabes que te corren casamiento con él— dijo Matilde a su prima.
—¡Jesús! —Contestó ésta—, ¿porque es rico?
—Y porque creen que tú le amas.
—Ni a él ni a nadie —replicó Leonor con acento desdeñoso.