MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Ah!, a mà no me obligarÃa nadie —exclamó Leonor con orgullo—, y menos amando a otro.
—Si no hubieras amado nunca, como sostienes, no dirÃas esto último —replicó Matilde.
—La verdad; nunca he amado, a lo menos según la idea que tengo del amor. A veces me ha gustado un joven, pero nunca por mucho tiempo. Ese empeño con que los hombres exigen que se les corresponda, me fastidia. Encuentro en eso algo de la superioridad que pretenden tener sobre nosotras y esta idea hace replegarse mi corazón. Aún no he encontrado al hombre que tenga bastante altivez para despreciar el prestigio del dinero y bastante orgullo para no rendirse ante la belleza.
—Yo jamás me he hecho reflexiones sobre esto —dijo Matilde—. Amé a Rafael desde que le vi y le amo todavÃa.
—¿Y has hablado con él, después que la muerte de Adriano te dejó libre?
—No, ni me atreverÃa a hablarle. No tuve fuerzas para desobedecer a mi padre y asà tiene derecho para despreciarme. A veces le he encontrado en la calle: está pálido y buen mozo como siempre. Te aseguro que me he sentido desfallecer a su vista, y él ha pasado sin mirarme, con esa frente altanera que lleva con tanta gracia.