MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Leonor oÃa con placer la exaltación con que su prima hablaba de sus amores y pensaba que debÃa ser muy dulce para el alma ese culto entusiasta y poético que llena todo el corazón.
—De modo que crees que ya no te ama —dijo.
—Asà lo creo —contestó Matilde, dando un suspiro.
—¡Pobre Matilde! Mira, yo quisiera amar como tú, aunque fuera sufriendo asÃ.
—¡Ah, tú no has sufrido! No lo desees.
—Yo preferirÃa mil veces ese tormento a la vida insÃpida que llevo. A veces he llorado, creyéndome inferior a las demás mujeres. Todas mis amigas tienen amores y yo nunca he pensado dos dÃas seguidos en el mismo hombre.
—Asà serás feliz.
—¡Quién sabe! —murmuró Leonor pensativa.
Un criado anunció que el té estaba pronto, y todos se dirigieron a una pieza contigua a la que ocupaban los jugadores de malilla.