Martín Rivas
Martín Rivas Dijimos que éstos eran tres con el dueño de casa. Los dos otros eran un amigo de don Dámaso llamado don Simón Arenal y el padre de Matilde, don Fidel Elías. Estos últimos eran el tipo del hombre parásito en política que vive siempre al arrimo de la autoridad y no profesa más credo político que su conveniencia particular y una ciega adhesión a la gran palabra orden realizada en sus más restrictivas consecuencias. La arena política de nuestro país está empedrada con esta clase de personajes, como pretenden algunos que lo está el infierno con buenas intenciones, sin que pretendamos, por esto, establecer un símil entre nuestra política y el infierno, por más que les encontremos muchos puntos de semejanza. Don Simón Arenal y don Fidel Elías aprobaban sin examen todo golpe de autoridad, y calificaban con desdeñosos títulos de revolucionarios y demagogos a los que, sin estar constituidos en autoridad, se ocupan de la cosa pública. Hombres serios, ante todo, no aprobaban que la autoridad permitiese la existencia de la prensa de oposición y llamaban a la opinión pública una majadería de «pipiolos», comprendiendo bajo este dictado a todo el que se atrevía a levantar la voz sin tener casa, ni hacienda, ni capitales a interés.