Martín Rivas
Martín Rivas Estas opiniones autoritarias, que los dos amigos profesaban en virtud de su conveniencia, habían acarreado algunos disgustos domésticos a don Fidel Elías; doña Francisca Encina, su mujer, había leído algunos libros y pretendía pensar por sí sola, violando así los principios sociales de su marido, que miraba todo libro como inútil, cuando no pernicioso. En su cualidad de letrada, doña Francisca era liberal en política, y fomentaba esta tendencia en su hermano, a quien don Fidel y don Simón no habían aún podido conquistar enteramente para el partido del orden, que algunos han llamado con cierta gracia, en tiempos posteriores, el partido de los energistas.
Sentados a la mesa del té todos estos personajes, la conversación tomó distinto giro en cada uno de los grupos que componían, según sus gustos y edades.
Doña Engracia citaba a su cuñada la escena de la comida, para probar que Diamela entendía el francés, a lo cual contestaba doña Francisca citando algunos autores que hablaban de la habilidad de la raza canina.
Leonor y su prima formaban otro grupo con los jóvenes; y don Dámaso ocupaba la cabecera de la mesa con su amigo y su cuñado.
—Convéncete, Dámaso —decíale don Fidel—, esta sociedad de la Igualdad es una pandilla de descamisados que quieren repartirse nuestras fortunas.