MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Y sobre todo —decÃa don Simón, a quien el gobierno nombraba siempre para diversas comisiones—, los que hacen oposición es porque quieren empleo.
—Pero hombre —replicaba don Dámaso—, ¿y las escuelas que funda esa sociedad para educar al pueblo?
—¡Qué pueblo, ni qué pueblo! —Contestaba don Fidel—. Es el peor mal que pueden hacer estar enseñando a ser caballeros a esa pandilla de rotos.
—Si yo fuese gobierno —dijo don Simón—, no los dejaba reunirse nunca. ¿A dónde vamos a parar con que todos se meten en polÃtica?
—¡Pero si son tan ciudadanos como nosotros! —replicó don Dámaso.
—SÃ, pero ciudadanos sin un centavo, ciudadanos hambrientos —repuso don Fidel.
—Y entonces para qué estamos en República —dijo doña Francisca, mezclándose en la conversación.
—Ojalá no lo estuviéramos —contestó su marido.
—¡Jesús! —exclamó escandalizada la señora.
—Mira, hija, las mujeres no deben hablar de polÃtica —dijo sentenciosamente don Fidel.
Esta máxima fue aprobada por el grave don Simón, que hizo con la cabeza una señal afirmativa.
—A las mujeres las flores y la tualeta, querida tÃa —le dijo AgustÃn, que oyó la máxima de don Fidel.