Martín Rivas

Martín Rivas

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—Pero, hijo —volvió a decir doña Francisca con elocuente ademán y mirada en que pedía a su marido respetase el dolor de su hija.

Mal juez era don Fidel, preocupado siempre con su arriendo del Roble, para conocer lo que hubiese herido el corazón de Matilde. Sólo pensó en que la aflicción de ésta provenía del temor de perder su novio, y se acercó a ella, golpeándole cariñosamente un hombro.

—No se te dé nada, hijita —le dijo—. Nadie te quitará tu marido.

Don Pedro San Luis aprovechó aquella interrupción de la disputa matrimonial que acababa de iniciarse para asegurar de nuevo que cooperaría cuanto le fuese posible al arreglo de aquel asunto y despedirse.

Hallándose entonces don Fidel en el seno de los suyos, dio rienda a su verdadera preocupación.

—Ustedes —dijo— dejan irse así no más a don Pedro. Ya se ve, yo soy el que tengo que hacerlo todo en esta casa.

—¿Y qué podíamos hacer nosotras? —preguntó indignada doña Francisca.

—¿Qué podían hacer? ¡No es nada! Ser más amables con él. Repetir, como yo, que no haremos caso de esa vieja loca y hacerle toda clase de atenciones. ¡Bien quedábamos si se me escapase el arriendo!


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