Martín Rivas

Martín Rivas

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—Yo no estoy para pensar en arriendos —replicó doña Francisca, llevándose a su hija y dejando a don Fidel continuar sus reflexiones especulativas.

Matilde se arrojó de nuevo en brazos de su madre cuando se vio sola con ella. Se habían retirado al cuarto de la niña y allí pudieron ambas dar libre curso a su llanto. —¡Ah, mamá, quién lo hubiera creído!— dijo Matilde levantando los ojos anegados en lágrimas.

Un largo silencio siguió a esta dolorosa exclamación, en que el pecho herido de la amante exhalaba el dolor de tan amargo desengaño.

Doña Francisca secó sus ojos y conoció que su deber era el infundir valor a su hija, cuyo primer abatimiento tomaba las proporciones de la desesperación, a medida que su espíritu salía del anonadamiento causado por lo cruel e inesperado del golpe que acababa de recibir.

—Vamos, hijita —le dijo prodigándola tiernos cariños—, cálmate, por Dios, todo podrá arreglarse.



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