MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Arreglarse, mamá! —exclamó Matilde levantándose con una energÃa de que se la hubiera creÃdo incapaz—. ¡Arreglarse! ¿Y cómo? ¿Cree usted, como mi papá, que lloro la pérdida de un marido? ¿Es decir, que yo no le amaba? ¿Es decir, que puedo amar aún al hombre que me hace creer que he sido siempre su único amor, cuando, cansado tal vez de otro, viene a buscarme para quedar libre de los compromisos contraÃdos en otra parte? ¡Ah, qué me importa un marido si lo que lloro es mi amor! Cuando perdà a Rafael la primera vez, ¿me vio usted desesperarme cómo ahora? Sufrà el golpe con valor, porque le creà digno de un sacrificio. Me separaban de él, pero nadie me hacÃa despreciarle. Y ahora, ¡qué diferencia…!
Los sollozos ahogaron su voz, que produjo sonidos inarticulados, mientras que la pobre niña llevaba las manos a su corazón, que le oprimÃa el pecho con violentos latidos.
—No llores, hijita, cálmate —fueron las únicas palabras que pudo proferir la madre, convencida de que en ese instante no habÃa consuelo alguno para mitigar tan acerbo dolor.